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- 07/01/2025
- Historias Interesantes
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En pleno centro de Oviedo, entre las calles y plazas que forman parte de su rica historia, hay una escultura que llama la atención de locales y visitantes. No se trata de una figura de reyes, próceres o grandes artistas, sino de un homenaje sencillo y emotivo a un perro llamado Rufo, cuya historia ha quedado inmortalizada en la memoria colectiva de la ciudad.
¿Quién fue Rufo? ¿Por qué una ciudad entera decidió rendirle tributo? En este artículo, te contamos la historia de este entrañable canino y cómo su escultura se ha convertido en un símbolo de amor, lealtad y conexión entre las personas y los animales.

Rufo no era un perro común. Durante la década de los años 90 y principios de los 2000, este simpático pastor alemán se ganó el corazón de los ovetenses gracias a su carácter amigable, su espíritu independiente y su constante presencia en las calles de la ciudad.
Nadie sabía con exactitud de dónde había venido Rufo, pero tampoco importaba. Lo que sí se sabe es que no tenía un hogar fijo: su vida transcurría entre los parques, plazas y calles de Oviedo, donde interactuaba con personas de todas las edades y procedencias. Era habitual verlo acompañar a estudiantes, trabajadores o jubilados en sus paseos diarios, siempre con una actitud tranquila y cariñosa.
Rufo se convirtió rápidamente en un vecino más. Comerciantes le ofrecían comida, los niños jugaban con él y los taxistas lo consideraban una figura familiar. Incluso llegó a hacerse famoso entre los turistas, quienes lo reconocían como parte del “encanto único” de la ciudad.
Lo que hacía especial a Rufo no era solo su presencia constante, sino la forma en que conectaba con las personas. Oviedo es una ciudad conocida por su carácter acogedor, y Rufo encarnaba ese espíritu. Su figura era un recordatorio viviente de la importancia de la amistad y la solidaridad, incluso entre especies diferentes.
Rufo tenía sus rutinas y lugares favoritos, como el Campo de San Francisco, donde solía descansar a la sombra de los árboles, o las terrazas de los bares, donde muchos clientes le invitaban a un bocado. A pesar de no tener dueño, nunca estuvo realmente solo: toda la ciudad lo cuidaba.
La muerte de Rufo, ocurrida en 2006, dejó un vacío en la ciudad. Su ausencia fue tan sentida que no tardaron en surgir iniciativas para honrar su memoria. Los vecinos no querían olvidar a este peculiar habitante que había dejado una huella imborrable en sus corazones.
Fue entonces cuando se propuso la idea de crear una escultura en su honor, un homenaje que reconociera a Rufo como símbolo de los valores que representaba: bondad, comunidad y la conexión especial entre los seres vivos.
En 2015, se inauguró la escultura de Rufo en la Plaza de Porlier, frente al Hotel de la Reconquista, uno de los lugares emblemáticos de Oviedo. Realizada por el escultor ovetense Jaime Herrero, la obra captura la esencia de Rufo de manera conmovedora.
La escultura, de tamaño natural, muestra al perro en una postura relajada, como si estuviera observando el ir y venir de la gente, tal y como solía hacer en vida. Fabricada en bronce, transmite una sensación de calidez y cercanía, invitando a los transeúntes a detenerse un momento y recordar la historia de este entrañable compañero.
La figura de Rufo está rodeada de anécdotas y detalles que refuerzan su lugar en el corazón de los ovetenses. Aquí compartimos algunas curiosidades:
La estatua de Rufo no fue financiada por el ayuntamiento, sino por los propios vecinos y admiradores del perro, quienes organizaron colectas para hacer realidad el proyecto. Esto refuerza la idea de que Rufo era un símbolo del cariño y la unidad de la ciudad.
Si observas la escultura, notarás que la nariz de Rufo tiene un brillo especial. Esto se debe a que es tradición tocarla al pasar, como gesto de cariño o incluso para pedir suerte.
La Plaza de Porlier, donde se encuentra la estatua, es ahora un punto de encuentro popular. Además, muchos vecinos aún recuerdan historias personales con Rufo y las comparten cuando visitan la escultura.
Rufo no solo es conocido en Asturias. Su historia ha aparecido en diversos medios nacionales e internacionales, lo que ha contribuido a reforzar su leyenda.
La escultura de Rufo no solo celebra la vida de un perro concreto, sino que también es un homenaje a todos los perros callejeros que, como Rufo, llenan de vida las calles y se convierten en compañeros inesperados para muchas personas.
Además, invita a reflexionar sobre la importancia de cuidar y respetar a los animales, recordando que todos ellos merecen cariño y dignidad, independientemente de si tienen un hogar o no.
Si estás en Oviedo, detenerte frente a la escultura de Rufo es una experiencia que no puedes perderte. Aquí tienes algunas razones para hacerlo:
La escultura de Rufo es más que un monumento: es un recordatorio de que incluso las figuras más sencillas pueden dejar una huella profunda en nuestras vidas. Rufo no fue un héroe ni un personaje histórico, pero su bondad, su presencia y su conexión con las personas lo convirtieron en un verdadero icono de Oviedo.
Si tienes la oportunidad de visitar la ciudad, no dejes de acercarte a la Plaza de Porlier para conocer a este entrañable perro que sigue siendo, años después de su partida, un símbolo de amor y lealtad. Rufo nos enseña que, a veces, los héroes más grandes son aquellos que simplemente nos acompañan en nuestro día a día con una mirada amable y un corazón lleno de ternura.
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